lunes, 10 de enero de 2011

GUINDAS EN AGUARDIENTE


He vuelto al exilio, otra vez ando cuesta arriba y aunque he nacido entre montañas nadie me ha entrenado para escalar el Tourmalet.
Cuando era niña me encantaban los olores que acompañaban a la Navidad: el olor a chimenea, el de la tierra mojada;  salía constantemente a la calle en busca de esos placeres, saboreándolos desde mi bici calle arriba y calle abajo.
 También recuerdo el olor del aguardiente cuando casa por casa pandereta en mano pedíamos el aguinaldo y los abuelos nos dejaban mojarnos los labios, e incluso comernos una guinda que con paciencia habían estado macerando desde la primavera para calentar las tertulias del invierno.
Hoy ya no me gusta la Navidad, no le encuentro el sentido, quizás porque la Navidad hay que mirarla con los ojos de la niñez y los míos ya hace tiempo que pasaron esa edad, pero he vuelto a comer guindas y por unos minutos volví a ser niña.  Mil Gracias.
 Aquí nada ha cambiado, todo sigue irremediablemente en su sitio, las mismas rutinas, la misma desidia, los mismos anhelos….
Todo sigue ocupando el mismo lugar, como las guindas en aguardiente: una sobre otra sin empujar a las demás, sin mezclarse….