Llevo un reloj prestado que me queda grande, como muchas cosas en esta vida, es de esos que no necesitan pilas, que los mueve el pulso, un cronógrafo de fondo azul que marca mi tiempo y el de quien lo puso en mi muñeca. Es curioso porque a pesar de su corazón suizo, en este exilio empieza a fallar.
Ese pequeño cuadradito que marca los días se empeña en adelantar, tal vez en su propio deseo de acortar las semanas. Me divierte pensar que se ha unido a mis anhelos marcando su propio compás de espera, regalándome unas semanas más cortas. Sin embargo el segundero sigue su ritmo, y las horas parecen alargarse en este marzo que marcea y no deja ver el sol.
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